Desde la década del ’40, el Movimiento Obrero argentino ha estado estrechamente vinculado al peronismo. No en forma absoluta, pero sí en términos mayoritarios, desde entonces el sindicalismo asumió la identidad peronista y se integró al naciente Movimiento. De este modo, las fuerzas obreras entre 1946 y 1955 participaron del gobierno mediante el apoyo a las políticas implementadas, con el ingreso de dirigentes sindicales en la Administración Pública y el Parlamento y a través del dictado de una importante legislación sobre derechos del trabajador.

  Tras el derrocamiento del peronismo, el Movimiento Obrero encabezó un frente político de masas que reunificaría su identidad entre 1973 y 1976 al participar nuevamente del gobierno. Como sostiene Álvaro Abós, entre 1955 y 1973, el sindicalismo mantuvo su pertenencia al peronismo, se opuso a todo intento integrador y denunció la ilegitimidad de las fórmulas políticas ensayadas. En términos del autor, movimiento político y movimiento sindical se confundieron en la realidad y en la conciencia del pueblo.

 La adscripción al peronismo en el periodo implicó no solo una adhesión identitaria, sino que se fundamentó en una línea ideológico-programática compartida, que se expresó tanto en los gobiernos peronistas como durante la proscripción. Aun con fricciones y tensiones y con diferencias en su interior, en esos años el Movimiento Obrero mayoritariamente mantuvo como orientación para su accionar los marcos ideológico-programáticos del peronismo. Como sostiene el politólogo Arturo Fernández, hasta la muerte de Perón, el vínculo del sindicalismo con el peronismo fue de carácter estructural, es decir una relación forjada a partir de compartir la ideología, valores, las estrategias de conducción política y el proyecto global. Luego del deceso de Perón, poco a poco fue construyéndose un vínculo de tipo coyuntural, en el cual los nexos fueron más esporádicos y para reforzar el rol del sindicato como grupo de presión y donde el proyecto global quedó subordinado al interés corporativo. A partir de esta distinción, el presente curso propone hacer un recorrido por la trayectoria del Movimiento Obrero entre 1946 y 1976, es decir mientras las relaciones entabladas con el peronismo mantuvieron un fuerte componente estructural.

 Esta caracterización no implica adherir a las tesis sobre la heteronomía del Movimiento Obrero que tan en boga estuvieron tras su derrocamiento en 1955. Por el contrario, esta propuesta asume la perspectiva de que el sindicalismo de carácter peronista mantuvo siempre un grado de autonomía y que, en los periodos en que adhirió a los gobiernos de 1946-1955 y 1973-1976, lo hizo a partir de una elección producto de la coincidencia con los lineamientos ideológicos y programáticos de esas administraciones.

 Estas coincidencias generales se reflejaron particularmente en la legislación sindical y laboral.  Como sostiene Álvaro Abós, en el caso argentino, la profusa legislación en la materia tuvo su origen en las luchas del Movimiento Obrero generando un derecho sindical caracterizado por “su riqueza y amplitud temática, su vigencia efectiva en la comunidad laboral y su aplicabilidad asegurada por el control sindical” . Asimismo, dicho autor plantea que el derecho individual del trabajo fue constituyéndose de forma desordenada y dispersa y que sólo la consolidación de los sindicatos permitió una legislación profunda y coherente sobre el contrato de trabajo. Por lo tanto, el presente curso, además de contemplar lineamientos programáticos de índole general, hará un especial hincapié en los vaivenes del derecho sindical en el periodo delimitado.